Una infancia robada por la violencia
A los siete años, Samuel Florez no jugaba con juguetes: buscaba comida en la basura y trabajaba en una olería. Creció en Virasoro, Corrientes, azotado por el hambre y el puño de un padre alcohólico que decía estar “entrenándolo para la guerra”.
El Hogar: de esperanza a tortura
Rescatados por una asistente social, Samuel y sus hermanos fueron llevados al Hogar N° 8 de Virasoro. Pero lo que parecía un alivio se volvió pesadilla. Cintos, palos, hierros, agua caliente. A sus hermanas las pinchaban con agujas. “Veinte de las veinticuatro horas era maltrato”, recuerda Samuel con la voz templada por la memoria.
Los hermanos, siempre
Samuel encontró contención en sus hermanos. Nadie más. El Estado ausente, los hogares sin control. En Santo Tomé, donde los trasladaron, el sistema era otro: turnos de 8 horas, menos maltratos, aunque los abusos entre chicos seguían escondidos en la noche. “Nos poníamos en los extremos de la cama porque sabíamos que teníamos que cuidarlos a ellos”, dice.
Carta a la ONU y dolor sin responsables
En 2022, Samuel escribió de puño y letra a la ONU. Denunció los abusos y el desinterés de Sonia Prystupczuk, directora de los hogares, hoy libre pese a su acusación. Cuando logró ser adoptado, le avisaron que su hermano Claudio había sido hallado muerto en un hogar. La causa sigue abierta, sin culpables. Y Claudia, su hermana mayor, había muerto antes, sin tratamiento para el lupus.
La música, su salvación
Entre golpes y oscuridad, un rayo: la música. Samuel se aferró al canto. Una raqueta plástica, convertida en guitarra imaginaria, fue su primer instrumento. En la iglesia encontró melodías que lo sostenían cuando todo dolía. “Me encerraba y practicaba notas. Eso me salvó”, confiesa.
Una familia, al fin
En la secundaria conoció a Natalia, directora del colegio. Sintió el clic: “Dios me mandó a esta mujer para ser mi mamá”. La familia de Natalia —con otros tres hijos— lo incluyó desde el fútbol hasta la música. Tramitan su guarda y Samuel se convirtió, por fin, en hijo.
“Si me diesen a cambiar algo, no cambiaría nada”, dice con ternura.
Cicatrices, recaídas y una nueva oportunidad
Claudio, su hermano del alma, muere. Samuel cae. Vuelve a las adicciones, sufre un brote psicótico. Se interna. Se levanta. Renace. Todo con el amor incondicional de su mamá adoptiva. “Me costó dejarme querer porque siempre era yo el que cuidaba. Pero me amaron con paciencia.”
Hoy canta por Josué
Ruth fue adoptada. Josué no. Tiene 16 años y espera una familia que lo abrace como lo hizo Samuel. Desde los escenarios, Samuel canta «Buscando una señal”, el tema que compartían en los peores días. Canta por él, por Josué, por todos. “Que nadie se quede sin familia”, clama.
Embajador de una causa que duele y abraza
Samuel es hoy embajador de la Red Argentina por la Adopción. Sueña con recorrer hogares del país y contar su historia. Quiere que muchas más Ruths, Claudios y Josués encuentren esa luz al final del túnel.
“No importa de dónde venís, sino a dónde querés llegar”, remata.
Una frase, una vida: “Todo pasa”. Y Samuel es prueba viva.






