El barista que conquistó Lavalle con espuma y chamuyo
Ángel Soria no es influencer ni figura del mainstream gastronómico. Pero si pasás por Lavalle y Maipú, hay muchas chances de que lo veas firmando su obra maestra: un capuchino alla italiana con espuma de casi cuatro centímetros que aguanta hasta veinte minutos. Sí, veinte. ¿Dónde? En Le Caravelle, uno de los bares notables de Buenos Aires que resiste el paso del tiempo y las crisis.
De Tucumán a Buenos Aires: la historia detrás del bar
Ángel pisó Buenos Aires en 1990 con 22 años, dejando atrás su vida rural, una esposa y dos hijos. Vino por su hermano, encontró trabajo en Le Caravelle y nunca más se fue. Hoy, vive en Nueva Pompeya con la misma mujer que lo esperó.
El local funciona desde 1962 y fue fundado por una familia italiana que llegó en barco, por eso el nombre. Las tres carabelas están en tazas, servilletas y, sobre todo, en el corazón de los parroquianos que siguen bajando a tomarse el café más fiel del Microcentro.
Éramos miles, ahora quedamos 300
En los «años dorados» de la peatonal Lavalle había 22 cines y los viernes a la madrugada era imposible conseguir mesa. «Vendíamos 5.000 cafés por día«, dice Ángel. Hoy, ese número se achicó dramáticamente: apenas entre 200 y 300 cafés diarios. El centro cambió. La ciudad también.
Instagram lo cambió todo
Durante décadas, el capuchino italiano era uno más en la carta. Pero hace poco más de dos años, alguien grabó a Ángel en acción y lo subió a redes. Boom inmediato: de preparar uno o dos al día, pasó a despachar hasta treinta. Incluso vinieron turistas de la India sólo para probarlo. No es joda.
Mexicanos, brasileros, franceses, españoles… todos quieren el café de «el señor de la espuma». Aunque con el boom online también llegaron las decepciones: «Hacés el show, les preparás el mejor capuchino de la ciudad… y ni una moneda de propina», confiesa Ángel, con una mezcla de resignación y orgullo. Porque sabe que su verdadero premio es otra cosa: la sonrisa de un habitué.
El paso a paso de una obra de arte con canela
Hay seis pasos sagrados que Ángel cumple religiosamente cada vez que alguien pide el capuchino:
- Temperatura exacta: la leche debe estar a 60 grados. Ni más ni menos. Si se pasa, la espuma colapsa.
- La taza perfecta: siempre la de las tres carabelas. Se llena casi hasta el ras solo con leche caliente.
- Espolvoreo artesanal: una capa de canela, otra de cacao. No es adorno: cumplen una función técnica clave.
- La cucharita mágica: con la punta, hace un agujerito justo al medio de la espuma. Por ahí entra el café.
- La precisión: si no hacés el agujerito antes de servir el café, la bebida se desborda. El cacao y la canela sellan la superficie como un paraguas invertido.
- La prueba final: el cliente contempla la montaña blanca que se levanta 3 o 4 cm por encima del borde. Firme. Imperturbable. Instagrammeable.
El precio del show: espuma y corazón por 5.500 pesos
Hoy, el capuchino estrella cuesta 5.500 pesos. ¿Te parece caro? El americano, para comparar, sale 3.200. Pero esto es otra cosa: es contenido, charla, ritual y sabor. Y sí, también viene con chamuyo: «Este va con amor para vos», te dice Ángel. Vos sonreís. Y en unos minutos, le sacás la foto.
Una barra que late
El alma de Le Caravelle no está solo en el café, sino en quienes lo toman. Hay clientes que toman hasta cuatro por día, casi siempre en el mismo horario y en la misma parte de la barra. «Si no tomo el de las 11 y el de después del almuerzo, no rindo», tira un abogado que va hace años. Porque esa barra es más que café: es red de vínculos, rutina, charla sobre fútbol y cumpleaños.
“Podrán imitarme, igualarme jamás”
Ángel sabe que hay otros baristas. Sabe que hay más capuchinos. Y hasta que su técnica puede copiarse. Pero no le preocupa: «Podrán imitarme, pero igualarme jamás«, suelta, con gesto boquense y alma de campeón. Porque su secreto no está solo en los seis pasos… está en el ritual. En el cariño. En el show.
Y eso –al final del día–, no se enseña. Se nace con eso. Ángel lo tiene. Vos lo probás. Y te queda grabado. Igual que esa espuma que parece desafiar la ley de la gravedad.
—¿Por qué pensás que atrae tanto tu manera de hacer el capuchino?
—Porque mi capuchino es el mejor.






